lunes, 5 de diciembre de 2016

CABALLOS Y GUISANTES: LOS PADRES DE MADRES O LA IMPORTANCIA DE LOS ABUELOS. Por Jesús C. A. y D.




Mi abuela, que me mimaba indecentemente, decía que tenía las manos y las orejas “igualito, igualito que el difunto de mi abuelito”.

El porqué de mis similitudes con mi abuelo lo demostró Mendel, allá por 1865, haciendo cruces con guisantes amarillos y verdes. Cuando los cruzó,  la primera generación (F1) resultó, -en su totalidad-, homogéneamente amarilla. Esto ocurrió porque el carácter amarillo era dominante sobre el verde.  Pero en otras ocasiones, puede que un carácter no domine sobre el otro. Volviendo a usar el carácter color, esto ocurre en determinadas flores rojas que al cruzarlas con flores blancas, producen una primera generación homogénea de color rosa, que no se parece a ninguno de sus progenitores, al ser un color intermedio entre ambos.




Esto puede aplicarse a la cría de caballos, ya que al igual que los guisantes o las flores, los caballos también están sometidos a las Leyes Mendelianas. Cuando planeamos un cruce entre dos caballos hay dos técnicas distintas según su conformación: Una es la técnica llamada “cruce variado positivo” o “similar a similar”. En el que se trata de buscar dos animales con una conformación similar, es decir con un fenotipo similar, y el objetivo es que nazca un potro que se parezca cercanamente a sus padres. La otra técnica llamada “cruce variado negativo” o “diferente a diferente”, que es del que voy a hablar aquí, se basa en buscar la conformación contraria, o el fenotipo contrario. Es decir si mi yegua tiene el fémur corto, busco un semental que tenga el fémur largo, para de esta manera sacar un fémur intermedio. La descendencia en este caso no es tan extrema como sus padres, y el objetivo es enrazar

El cruce variado negativo, fémur corto con fémur largo de nuestro ejemplo, o garganta empastada con garganta marcada, o dorso débil con dorso fuerte,  es ampliamente usado por el ganadero de caballos, que consciente de los defectos y puntos débiles de su yegua, elige el semental que mejor pueda contrarrestarlos, y al hacerlo posiblemente obtengamos el deseado efecto intermedio, con el que mejoramos a la madre.

Una vez que hemos conseguido el potrito o la potrita, que gracias al cruce variado negativo presenta una mejoría notable sobre la madre al haber atenuado los defectos de ésta, nos entusiasmamos cuando crece y lo dejamos de reproductor, y es en este momento cuando vuelven a intervenir las Leyes de Mendel,  diciendo que cuando cruzamos a éstos individuos con un valor intermedio para un carácter obtenido del cruce de dos valores mas extremos, una parte de su descendencia se parece a los abuelos. La proporción de esta descendencia parecida a los abuelos es variable, dependiendo de la dominancia o  recesividad  del carácter, y su valor será desde una proporción 3:1, ó un 25%  parecido a los abuelos en el caso de que un carácter sea dominante sobre el otro, hasta un 1:2:1, ó un 50% en el caso de que no domine ninguno de los caracteres. 



¿Qué aplicación tiene esto en la práctica? En el caso de usar como reproductores a animales que provienen de un cruce variado negativo, que se hizo con la intención de atenuar un defecto presente en sus padres, y aunque él mismo no presente el defecto por haber resultado dicho cruce un éxito, se debe esperar en un porcentaje considerable de sus hijos la reaparición del mismo defecto de los abuelos.

La estadística enseña que una yegua a lo largo de su vida como reproductora tiene, en el caso de yeguas “excepcionales” un 33% de hijos mejores que ella, es decir 1 de cada 3, (siempre refiriéndome a que la madre y los hijos se dedican a la misma función: carreras, morfológicos, saltos, doma). En el caso de yeguas sólo “buenas” este porcentaje desciende, siendo alrededor de un 20%, es decir necesitas tener 5 hijos para obtener uno mejor que la madre. Si ahora nosotros partimos de una yegua reproductora obtenida de un cruce variado negativo, ideado para paliar un defecto presente en sus padres, este porcentaje se verá aún más reducido, por la reaparición de los defectos. En estos casos el porcentaje en yeguas “excepcionales” se vería reducido al menos a un 25% de hijos mejores que la madre, y en yeguas sólo “buenas” a un 15%. Pasamos a necesitar entre 4 hijos para las yeguas “excepcionales”, y 6,6 hijos en el caso de las “buenas” para obtener un producto mejor que la madre.

En ocasiones, los padres de nuestra reproductora pueden tener en vez de uno, dos defectos de conformación. En éstos casos, e independientemente de que nuestra reproductora presente dichos defectos atenuados, los porcentajes de obtener un potro mejor que ella se reducen, en el mejor de los casos, a la mitad. Si se trata de una yegua “excepcional” necesitaría 8 hijos para obtener uno mejor que ella, y si la yegua es solo “buena” necesitaría 13 hijos. Esto económicamente es un desastre para el ganadero.

Por supuesto que en ningún momento hablo de las yeguas regulares o malas como reproductoras, ya que el resultado es que jamás tendrán un hijo con calidad suficiente.




 Mi conclusión ante un ejemplar reproductor, bien sea caballo o yegua, es que debe conocerse perfectamente si proviene de un cruce variado negativo o no. Es decir, si viene de un cruce planteado para atenuar un sólo defecto presente en sus padres. Incluso en el caso de que él o ella no presente dicho defecto debido a que el resultado del cruce por el que nació fue un éxito. En éstos casos los porcentajes de hijos mejores que la madre disminuyen drásticamente. Si en vez de un solo defecto corregido o atenuado, hablamos de dos defectos en la conformación de los padres los resultados son ya  horrorosos, y posiblemente el ganadero no tendrá ni tiempo de vida, ni dinero para poder soportarlos.
Por lo tanto un ganadero serio y riguroso antes de elegir un reproductor debe estudiar y conocer perfectamente la conformación de sus padres y comprobar qué defectos se han atenuado con el cruce.

Cambiando de tercio, un breve apunte sobre otro aspecto en el que los abuelos tienen una especial importancia se produce cuando realizamos un cruce entre dos razas puras distintas, como puede ser P.R.E. o Lusitano con KWPN, Silla Francés, Hann, cruces que han sido utilizados para producir caballos de deporte. En éstos cruces la primera generación o F1 suele ser bastante homogénea y tendrá a su favor que es la de mayor Vigor Híbrido. El problema aparece cuando utilizamos como reproductores a esa F1 o primera generación para dar lugar a la segunda generación o F2. Esta F2 tendrá un porcentaje de animales con rasgos parecidos a los de sus abuelos. Esta reaparición de caracteres de los abuelos hará que en la F2 el porcentaje de animales con todas las características deseadas para el fin por el que se cría sea menor del normal.

Únicamente son Ocurrencias Hípicas.

Paz y que le sirva a alguien. 

 Jesús C.A.y D.

jueves, 24 de noviembre de 2016

NUCA DEL CABALLO 2ª parte



Seguimos con las constataciones del artículo anterior
Tercera constatación: ¿Cuáles son las acciones reales sobre el balancín del caballo –cabeza y cuello- tanto del filete como del bocado? Fisiológicamente ambas embocaduras actúan distintamente: el filete lo hace fundamentalmente sobre la comisura de los labios –zona carnosa- y el bocado lo hace siempre sobre los asientos –zona ósea-. La sensibilidad, se supone, muy distinta.  Pero también está el problema del dolor, y aquí es donde me entran las dudas: si el caballo no tiene ningún problema en masticar y tragar plantas espinosas, es más, lo suele hacer por gusto y no por necesidad, ¿hasta dónde es sensible al bocado y hasta dónde insensible a los espinos?
Además de estas diferencias fisiológicas está también la diferencia mecánica: el brazo de palanca del bocado sobre las articulaciones de la nuca y de la mandíbula –en el otro extremo de la cabeza- es mucho mayor que el brazo de palanca del filete. Y no sé hasta qué punto afecta más al caballo la acción del bocado sobre los asientos –problema fisiológico-, o sobre la nuca –problema mecánico-. Siempre tengo bien presentes los auténticos instrumentos de tortura con los que se manejaban a los caballos en la época grecorromana ¡y los pobres animalitos aguantaban!. Y a ello había que añadir que, los que iban enganchados en las cuádrigas, tiraban de la tráquea (asfixia más inversión de la base del cuello) y no de las espaldas como es el tiro racional.





Cuarta constatación: Las articulaciones a mitad flexionadas disponen de mucha más latitud en ambos sentidos que cuando están casi totalmente flexionadas. Y en algunas articulaciones ese punto medio está en la vertical. Por ejemplo, cuando echamos un pulso, según de qué lado de la vertical tengamos el brazo, lo tendremos bastante más fácil o, al contrario, bastante más difícil el ganar a nuestro contrincante. Con la nuca del caballo pasa lo mismo: hay una diferencia enorme en cuanto al control del caballo según el perfil de su cara esté por delante de la vertical –despapa-, o por detrás: se queda detrás de la mano. En esta última posición tenemos todas las de ganar: es como si le hiciéramos al caballo una llave de jiu jitsu. Pero también esperamos hacer otras muchas, y muy distintas, cosas con el caballo, bajo control desde luego, y que en la posición detrás de la vertical –normalmente detrás de la mano- se lo ponemos muy difícil porque ergonómicamente es incorrecta, aunque nuestra sensación, lamentablemente, sea muy buena. LICART nos recuerda, precisamente hablando del manejo correcto de la nuca, que “normalmente el jinete no actúa por el bien del caballo, sino únicamente buscando más facilidad en el manejo del caballo (sobre todo la sensación de control) y, también, en su comodidad”. Una vez encapotado el caballo –no tiene por qué llegar al rollkur- le resulta muy difícil salir de esta posición, entre otras razones porque al jinete también le resulta muy difícil colaborar para facilitarle el que abra y suba la nuca. El caballo más o menos encapotado, cada vez que sienta la mano  del jinete, bajará y cerrará la nuca, con lo cual su equilibrio estará más sobre sus espaldas. Lo correcto, y lo ideal, es que cuando el caballo sienta mayor tensión en las riendas bascule, es decir, que suba la nuca al cerrarla –y nunca al revés, o sea, cerrarla y  bajarla- y que meta los pies. De esta manera el caballo empieza a saber reunirse correctamente: subiendo la nuca y metiendo los pies. No es tan difícil si se hace bien: asiento y torso inamovibles (espalda nunca detrás de la vertical), mano que suba ligeramente la nuca y dedos cerrados para resistir (mano bocherizada: que resista pero que no tire ), y piernas –espuelas- haciendo contraer los abdominales del caballo para que suba el dorso y meta los pies. ¿El problema? Una correcta sincronización de los movimientos o acciones del jinete. Y  se llega a ello a base de repeticiones. Como nos decía SAN AGUSTIN “lo primero en el orden de la intención es lo último en el orden de la ejecución”. Virtud fundamental: la paciencia unida al esfuerzo.



Queda una quinta constatación: ¿la nuca debe avanzar o la boca debe retroceder cuando se intenta reunir al caballo?

 Paz y espero que le sirva a alguien

martes, 15 de noviembre de 2016

CODO DEL JINETE Y NUCA DEL CABALLO



Dos articulaciones, una nuestra y la otra del caballo, a las que no se les da la consideración que merecen. Al menos eso creo. Y por ello voy a exponer mis razones. Además, ambas están mucho más relacionadas de lo que nos creemos.
Dos aclaraciones previas:
1ª.- Respecto de la nuca, me voy a referir a la flexión y extensión, y no al movimiento lateral o de rotación de la misma.
2ª.- Cuando hablo de abrir o cerrar el codo, no me refiero a su separación del cuerpo sino al ángulo formado por el brazo y antebrazo. Hasta no hace mucho tiempo, cuando nos decían que había que cerrar los codos, equivalía a llevarlos pegados al cuerpo.
¿Qué tienen ambas articulaciones en común? Yo pienso que de ellas depende, en gran parte, el equilibrio del caballo. Y escribo para ayudar a tomar conciencia del problema. Sí me atrevo a decir que lo tengo comprobadísimo.

NUCA DEL CABALLO:

A menudo he escrito sobre las tres articulaciones principales (de un total de 9) que hay entre la boca del caballo y la mano del jinete –y que son las que estamos manejando continuamente a través de las riendas-: mandíbula (articulación témporo-mandibular), nuca (articulación atlanto-occipital) y base del cuello (articulación cérvico-torácica). Cada una de ellas tiene un papel específico (lo mismo que las otras seis menores).
La nuca es la que más salta a la vista, y es la única parte de la cabeza que ve el caballista.
La mandíbula nos confunde con mucha facilidad, porque es muy fácil equivocarse cuando el caballo cede, ya que esta cesión puede ser –o proceder- tanto de la mandíbula como de la nuca.
 Y la articulación de la base del cuello resulta que no se ve, pero es tan importante como las otras; y debemos conocerla y aprender cómo funciona. En artículos anteriores también he explicado los quebraderos de cabeza que su desconocimiento ha provocado a la Humanidad, sí a la Humanidad. Y hoy en día, todavía,  a infinidad de jinetes. Si comparamos el manejo de estas articulaciones con los inicios de la conducción de un coche, vemos que lo primero que se nos enseña es a manejar correctamente los pedales –embrague, freno y acelerador- con las piernas; y volante, freno de mano y cambio de marchas con las manos. Y no sólo aprendemos a no equivocarnos, sino también a ser precisos en la utilización de estos resortes. Porque, al fin y al cabo, son resortes (exactamente igual que los de los caballos. O los nuestros).  Un error de conducción del coche nos puede llevar al hospital o al taller de reparación: cualquiera de los dos duelen. Y tal vez, mucho. Y los errores en la conducción del caballo no tienen, ni mucho menos,  la trascendencia de los del coche, pero sí desesperan; al caballo primero, al jinete y al entrenador a continuación y, finalmente, a los familiares más allegados. Lo fácil que es echarle la culpa al que no puede protestar a nuestra manera (pero sí un poco a la suya). La solución, lógicamente, pasa por un conocimiento correcto de cómo funciona el caballo –hoy sabemos bastante más que hace unos años- y también, importantísimo, saber cómo funciona nuestro cuerpo para poder llegar a “hacer gestos correctos para que el caballo me entienda y pueda ejecutar lo que pienso”. Y en nuestro número cuantas veces “pienso y digo lo mejor, y hago lo peor” (eso sí, sin querer o sin ser consciente de ello). Hoy, no sólo teniendo en cuenta la competición de cualquier disciplina sino por respeto al caballo, debemos pensar que somos su pareja de baile: equilibrio y coordinación de movimientos. Cada vez se le pide más precisión –ya digo, en cualquier disciplina- al caballo. Y es la misma que nos debemos exigir a nosotros mismos. 
               
Pero volvamos a la nuca. Yo creo que tenemos que tener bien grabado en la mente –y si no en el celular que todos poseemos- el cuadro de las articulaciones intervertebrales del libro de la Doctora Hilary M. Clayton “Conditioning Sport Horses” (Sport Horse Publication). En él vemos que el rango de movimiento de la nuca en flexión y extensión es de cerca de noventa grados; el de la mandíbula  (que no viene representado en dicho cuadro) no llega a los veinte grados y la base del cuello sobre los treinta grados.



Primera constatación: sobre todo con la mandíbula es muy fácil situarse en el límite, tanto inferior como superior de su rango de movimiento, zonas donde tanto el caballo como nosotros no nos sentimos cómodos, por lo que recurrimos a otra articulación próxima de movimiento más amplio que protege a la de menor variación. Y esto es lo que hace el caballo con su nuca: para protegerse de las incomodidades de la articulación de la mandíbula cuando la situamos, normalmente sin darnos cuenta, en sus límites. Y es exactamente lo mismo que hacemos los humanos con todas nuestras articulaciones.
Segunda constatación:   La cabeza del caballo mide casi medio metro de larga. En el extremo superior está la nuca; aproximadamente cinco centímetros más abajo, la articulación de la mandíbula. O sea, ambas articulaciones están muy próximas. Y casi en el extremo inferior de la cabeza, en la boca, está colocada la embocadura desde la que “mandamos” al caballo. Si aplicamos las leyes de la palanca, resulta que el brazo embocadura-nuca es mayor que el brazo embocadura-mandíbula, por lo que el caballo siente más la acción de nuestra mano en la nuca que en la boca. Y como, además, tiende a protegerse con la nuca por su amplitud de movimiento, muchas veces cede de la nuca cuando creemos que lo hace de la mandíbula. O quisiéramos que lo hiciera. Y no sólo para protegerse sino también porque el brazo de palanca, como decía más arriba, es mayor el de la nuca que el de la mandíbula.



Aún quedan más constataciones. Seguiremos con ellas.

Paz y espero que le sirva a alguien

miércoles, 10 de agosto de 2016

BALANCÍN: Detalles




Algunos autores clásicos  (ANDRADA, BAUCHER, STEINBRECHT, DECARPENTRY, OLIVEIRA, etc) insisten en la importancia que hay que darles a muchos detalles –prácticamente sin especificar- en Equitación. Para ellos, como para mucho caballista actual, lo que para el jinete es un detalle hoy ya sabemos que para el caballo puede ser una cuestión importante. En mecánica, sobre un mismo hecho o momento, hay una gran diferencia de percepción de sensaciones entre la masa transportada –en nuestro caso el caballista- y la masa transportadora, el caballo. Es un detalle para nosotros –al que no se le suele dar mayor importancia-, cuando realmente es un problema  para el caballo. Y es el caballista quien debe afrontarlo y resolverlo.
 Sobre algunos de estos detalles referentes al balancín cabeza/cuello del caballo es de lo que voy a  dar mi versión aquí.   
Empezando por las transiciones decrecientes
¿Frena, para, gira igual un caballo montado que en libertad? En absoluto (es lo que creo que pensamos todos). ¿Y por qué?
Para entenderlo creo que el mejor ejemplo, por el que hemos pasado muchos, es nuestra propia experiencia de cuando empezamos a patinar: sensación de pérdida de equilibrio por falta de control de nuestros pies, que van sobre patines. Al principio, como es casi imposible mantener ni siquiera un pie debajo del culo, nos agarramos de la barandilla –o de alguien-, para no caernos. Cuando ya conseguimos un mínimo control de nuestros pies, empezamos a abrir nuestros brazos para equilibrarnos.
¿Qué es lo que siente el caballo cuando nos montamos?
1º.- El caballo, al marchar sobre cuatro patas, la sensación de caerse –desequilibrio físico- no la tiene.
2º.- Lo que sí siente es un enorme desequilibrio fisiológico –entre otras razones porque su columna vertebral no es una columna (vertical)sino más bien un puente (horizontal)-, lo cual quiere decir que todo su cuerpo se pone a funcionar de una manera totalmente distinta a lo que su naturaleza le tiene habituado y hay que dedicarle un tiempo a su reeducación para que vuelva a moverse correctamente. O sea, de manera confortable y económica; eso sí,  también distinta aunque aparentemente no lo parezca: ahí está el detalle. Para entender el desequilibrio fisiológico o funcional en nosotros, el mejor ejemplo es el de cuando llevamos un peso de diez kilos en una mano. La primera sensación de desequilibrio físico la compensamos inmediatamente para volver a  sentirnos equilibrados, y ello a costa de crearnos un desequilibrio fisiológico enorme: nuestro lado que soporta el peso funcionará totalmente distinto al lado contrario que no tiene nada que aguantar. Buena parte del desarreglo fisiológico lo solucionaremos, si se puede, repartiendo cinco kilos a cada mano. Primer paso resuelto: volver a la simetría de movimientos.
3º.-  Lamentablemente, lo primero que salta a la vista como consecuencia de este desequilibrio fisiológico del caballo es la pérdida del ritmo natural de sus aires, cuando realmente éste es consecuencia de aquél. Lo que toda la vida en España hemos llamado compás –al menos desde el siglo XVI en que quedó definido de manera perfecta  (no mejorada hasta hoy)  por el ilustre sevillano PERO (sic) FERNANDEZ DE ANDRADA- y que ahora se nos impone como ritmo. Pero hay otro detalle tan importante como éste y del que muy poco se habla y menos se escribe. Y es la descoordinación que ocurre (otra pérdida de ritmo) entre el balancín del caballo y sus extremidades; esto también es muy importante para el caballo. Porque su equilibrio depende tanto de su balancín como de la disposición de sus patas, y de la coordinación entre ambos. Y nos ayuda a entender mejor el problema del caballo volviendo a nuestra experiencia como aprendices de patinadores. 





El desequilibrio fisiológico que le ocasionamos con nuestro peso y que está provocado por tres motivos que percibe el caballo: columna vertebral horizontal (luego debiera llamarse más correctamente “puente vertebral”), ausencia de clavículas (con lo cual su torax se hunde entre las espaldas) y distribución desigual de nuestro peso sobre las cuatro extremidades (única causa de la que hablan los  autores clásicos ¡y muchísimos modernos!), hace que pierda el control normal de su equilibrio como consecuencia de la pérdida de ritmo de sus patas, que es lo que vemos. El caballo, al perder el control de sus pies, los cambios de equilibrio los resuelve manejando a su aire su propio balancín, de la misma manera que nosotros, mientras no controlamos nuestros pies patinando, utilizamos nuestros brazos para equilibrarnos.
¿Cuál es la diferencia entre el ser humano y el caballo en esta situación? El hombre está pendiente del control de sus pies –cuestión de tiempo- para, lo antes posible, disponer de sus brazos y poder hacer con ellos otra cosa. Nuestro sentido del futuro nos imprime continuamente objetivos. En cambio el caballo, como su sentido del futuro, no es que sea nulo, sencillamente no lo tiene, puede estar toda la vida cabeceando para parar o, sencillamente, frenar…… si no se le enseña lo correcto, que será lo ergonómico para él, o sea su gesto confortable y económico en cada momento.
Resulta que el caballo en libertad (y sano), para frenar, parar y girar se sirve de una sincronización perfecta entre su balancín y sus pies. Y la secuencia es siempre la misma: cuello cerca de la vertical -o sea, alto- y remetimiento de pies más o menos acentuado. En cambio montado, incluso en competiciones de doma (clásica, no vaquera), a menudo se ve lo contrario, que baja la nuca; en el mejor de los casos aflojando su articulación –la de la nuca- en lugar de la mandíbula. Puede incluso quedar bonito pero no es correcto, al menos fisiológicamente. Como quedan bonitas las vueltas redondas pero que tampoco suelen ser correctas: no hay más que ver cómo pasan las esquinas del cuadrilongo de doma muchos caballos: derrapando. 



         
Conclusión de todo lo expuesto: frenar, parar y girar exige, tanto al ser humano como al caballo, cambiar de equilibrio, o sea, bascular. La diferencia está en que el humano sólo  necesita un gesto –por su eje vertical-, echar su peso atrás (o lo que entendemos como tal), pero el caballo  necesita dos gestos por su condición de cuadrúpedo –su eje es horizontal-: subir el balancín y meter los pies. Desgraciadamente para el caballo, nos preocupamos de los pies y muy poco del balancín. El primero en razonar el  tema, o revelárnoslo con dibujos, cómo no, JEAN LICART. Y la mejor explicación de las transiciones, BERNIE TRAURIG en sus “Prompt transitions” que se puede resumir diciendo: balancín alto e inamovible (sin que pese mínimamente a la mano), para que no le quede más remedio al caballo que meter los pies. 


¿Cómo se hace esto a caballo? Muy sencillo (aparentemente): nuestra pierna que sólo nos aguante (pie debajo del culo), luego ni agarrarse ni empujar con los talones. Muslo y rodilla totalmente pegados (mecánicamente una unión positiva: cuerpo del jinete totalmente unido al caballo, sin el más mínimo deslizamiento sobre la montura). Culo sin hundirse en la montura: y mucho menos, echarlo atrás. Espalda que no cambie la posición (que no vaya para atrás y nunca detrás de la vertical). Sigo pensando que somos una Mochila Inteligente. Cerrar dedos lo justo para que no encoja en absoluto el cuello; ni que pese  mínimamente a la mano, insisto. Codo elástico. Como todo lo bueno a caballo: fácil de decir y muy difícil de hacer por las repeticiones –y reflexiones sobre lo que se hace- que exige. ¿De qué manera hacer más llevadera esta pesada carga? Muy sencillo, tomándole gusto a las repeticiones. Luego es un problema tanto de cabeza como físico. Nos obsesionamos con el final –la perfección- y nos olvidamos del camino y de lo que lo podemos disfrutar, -de la progresión-. Además, la perfección siempre es perfectible, luego siempre hay progresión. (Recomiendo la lectura de la poesía –breve- de CONSTANTINO KAVAFIS sobre la vuelta a Itaca. Tal vez sea una poetización de la advertencia de SAN AGUSTÍN:   “Lo primero en el orden de la intención, es lo último en el orden de la ejecución”. Y para poeta, nuestro ANTONIO MACHADO: “caminante no hay camino,  se hace camino al andar”. Y ya, el colmo, con música de JOAN MANUEL SERRAT. ¿Cuándo valoraremos lo nuestro?)  



Bascular qué poco, creo, se tiene en cuenta en el caballo y a caballo. Con lo que nos lo agradece cuando le enseñamos a recuperar esa cualidad innata. Y lo fácil que nos resulta entonces su manejo. Yo lo comparo con la conducción de un coche: la diferencia que hay entre utilizar continuamente el freno o, en su lugar, el cambio de marcha. La diferencia a caballo sería entre aguantar con las riendas (tirar más o menos) o, en su lugar, cambiarle el equilibrio. El problema, insisto, es que nosotros los humanos utilizamos un solo gesto y el caballo dos… luego en el momento de la ejecución puede haber prioridades y es donde muchísimos autores no se ponen de acuerdo. Pero ¿nos preocupamos de preguntárselo, a nuestra manera, al caballo?  (Al Maestro a quien mejor he visto hacer bascular un caballo a lo largo y ancho de mi vida: a Don JOSÉ JORDÁ)
Yo ya hace muchos años que sigo el consejo de SAN PABLO: “hay que probarlo todo y quedarse con lo mejor” (tal vez sea la razón de mi heterodoxia hípica. Y más. ¡Aunque no siempre se acierte en la elección!). E intento transmitirlo a mis alumnos. ¿Por qué se sigue tan poco? Porque exige bastante más esfuerzo mental que físico. Y éste –el esfuerzo mental- parece estar un poco reñido con la Equitación (o un mucho, según se mire). Con los años he aprendido a simplificar la elección. Ahora digo: haz tal cosa como estás habituado a hacer y toma conciencia de ello. A continuación digo: ahora haz lo mismo de tal otra manera tomando conciencia de ello y repite hasta cinco veces para enterarte (normalmente a la quinta nos enteramos). Finalmente digo: elige la mejor manera para el caballo….. que será también la mejor para nosotros.
Hay otros dos detalles de los que hablaré próximamente:
1º La posición recogida de la cara del caballo, que se consigue, o bien trayéndole hacia atrás o bien  enviando a la mano. Dos maneras totalmente opuestas
2º Sobre las incurvaciones. Lo que para el caballo es doblarle su balancín y sus consecuencias

Paz y espero que le sirva a alguien.



 Relación balancín cuello/cabeza con los miembros del caballo